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12 octobre 2013

Coulisses


Cher Philippe, 

Il faut que tu m’aides ! Je viens de me fâcher avec Larousse et son petit frère Robert. Je sais que ça arrive souvent, et il n’y a que toi qui puisse nous réconcilier. 

Je t’explique. Je voulais parler des novilladas d’Algemesí et de ce qui se passe derrière le décor, dans l’arrière-cuisine, le backstage. Je sais que tu n’aimes pas trop les termes anglais, même si je trouve que ça claque « backstage », ça fait rock’n roll. Finalement, je m’étais décidé pour « coulisses ». C’est très bien « coulisses ». Ça rappelle le théâtre et ça correspond parfaitement à Algemesí et ses arènes tout de bois et de cordes, montées sur la place du village. Dans cet énorme décor, on y joue des pièces somptueuses de vie et de mort où les gens jouent leur propre rôle. Je t’accorde que ce n’est ni une perle linguistique ni la métaphore du siècle, mais j’allais parler des coulisses d’Algemesí en préambule de ma petite galerie de photographies. Et puis, y’a un truc qui est venu me chatouiller ; un doute s’est installé. Je suis allé chercher le dictionnaire, et j’y ai découvert ceci, qui fout en l’air toute mon invention.

Selon Le Petit Larousse 2003, et entre autres définitions : 
Coulisse (Surtout pl.) Partie d’un théâtre située de chaque côté et en arrière de la scène, derrière les décors et hors de la vue du public. (Au pl.) Fig. Côté secret d’un domaine, ou peu connu du grand public.

Et merde ! Ça ruine mon texte. Tu comprends, comment puis-je appeler coulisses un truc bourré de monde, coloré, vivant, euphorique, hallucinant, irréel, improbable et décalé. C’est censé être hors de la vue, ou peu connu du grand public, alors que c’est son domaine par excellence, sa fête, son territoire, son terrain de jeu et son délire. On y trouve de tout : des gosses hystériques entartant des toros morts ; des vieux en chaise roulante qu’on dépose et qu’on vient chercher après le spectacle ; des gitans torse nu qui regardent gratuitement la corrida au travers des planches ; des Noirs qui vendent des lunettes de soleil et des CD piratés ; des fillettes souriantes habillées en sévillane, ou des mères de famille en tailleur et talons aiguilles.

Avec tout ce monde, ce n’est pas correct d’appeler cela des coulisses. Alors, il faut que tu m’aides, Philippe. Il faut que tu lui trouves un titre à mon petit texte. Parce que là, Larousse et Robert, ils me narguent, et si ça continue, je vais cramer le premier et déchirer le second. Et ça, je crois que tu ne pourras pas le supporter. Aide-moi, Philippe, dis-moi comment je peux appeler tout ce chaos !

Pour te donner des idées, clique ici, et tu pourras découvrir une galerie de photos d’Algemesí.

Un abrazo fuerte,
Flo

05 octobre 2013

Sobresaliente



Son nom ne figure pas sur le cartel suspendu au-dessus de la grande porte des arènes d’Algemesí. On ne lit que la mention « sobresaliente » à côté des toros de Fuente Ymbro et des deux novilleros chargés de les mettre à mort : Román, le grand espoir de l’afición valencienne et Jorge Exposito, le novillero local adulé par toutes les peñas. Sur le cartel d’Algemesí, tout le monde figure en toute lettre et en majuscule, sauf lui, pour qui l’on a choisi l’anonymat du mot « sobresaliente ».

La commission taurine d’Algemesí offre un novillo à ce « remplaçant » de toute la semaine taurine. Un beau geste pour celui qui, durant cinq après-midi, s’est habillé de lumière, a enduré l’attente du paseíllo et affronté la peur. Pour rien.

Quand le cinquième novillo de Yolanda Martín est entré en piste, je me suis demandé si le cadeau n’était pas empoisonné. Le novillo, laid, mal foutu et avec les cornes épointées, avait dû s’échapper d’un lot prévu pour le rejoneo. À partir du moment où notre sobresaliente sortit du burladero, tout ne fut que toreo. Fernando Beltrán sortit de l’anonymat pour y enfoncer les novilleros du cartel de cette semaine taurine. Il fallut attendre l’ultime instant d’un cycle de novilladas pour enfin voir toréer. Les arènes d’Algemesi, où règne une Afición jeune trop souvent avide de largas cambiadas, d’horribles saltos de la rana ou de vulgaires manoletinas, venaient de rendre l’âme face à la torería, l’engagement et la vérité de Fernando Beltrán. 

Clin d’œil du cartel, sobresaliente, dans la langue castillane, peut également se traduire par extraordinaire. 

22 février 2012

« Si Dios quiere »


Va por ti Juan Luis

Bip-bip, tiene un nuevo mensaje: « Estimado caballero.
Nos vemos el 30 de septiembre en Algemesí a las 10:30 en el hotel del polígono industrial. Saludos cordiales, Juan Luis. »
¡Por fin! Había pasado un mes de tentativas vanas de ponerme en contacto con el novillero Emilio Huertas y su entorno, con el objetivo de seguirle durante el día de su actuación en Algemesí. Me quedaba apenas una semana antes de este gran día.
Desde que estuve en septiembre de 2010, me había propuesto volver a Algemesí para disfrutar del ciclo de novilladas que allí se realiza, de sus peñas y de su plaza de toros cuadrada hecha de madera y cuerda erguida en el medio del pueblo. Allí descubrí a Emilio quien triunfó en 2010. ¿Por qué no proponerle un seguimiento, cámara en mano, el día de su reaparición en esta misma plaza? En fin, pasar un rato con un novillero que se pone delante de los Escolar, Yonnet y Prieto de la Cal tiene que ser una grata experiencia para un fotógrafo aficionado.
A las 10 en punto, el mismo 30 de septiembre, me encontraba delante de un hotel de polígono industrial. Bien preparado, las baterías cargadas, el material en la mochila, los consejos de otros fotógrafos grabados en la cabeza y alguna que otra idea sobre las posibles tomas a captar. En cambio, no estaba nada preparado para vivir una experiencia humana extraordinaria…
38 minutos, 2 cafés y 3 cigarros más tarde, la furgoneta de cuadrilla se para delante del hotel. Había perdido un poco el Norte y tras el caluroso saludo de Juan Luis — el mozo de espada — del apoderado Tomás Campuzano, de Emilio y de su picador, solo pude murmurar un glacial: « Hola, soy Flo. »
« Ven Flo, vamos a tomar un café. » Perfecto, así será el tercero. En voz baja y algo apartados del resto explico a Juan Luis que no soy ni periodista ni fotógrafo profesional, y que el reportaje no saldrá en ninguna revista. Tan solo es un proyecto personal: mi único objetivo es pasar el día con ellos, hacerme muy pequeño, no molestar, hacer algunas fotos de Emilio cuando se viste y ya está. La respuesta de Juan Luis no deja lugar a duda: « Sube a la furgoneta, nos vamos al sorteo. Démonos prisa sino llegaremos tarde. »
Por fin respiro…
Emilio se quedó en el hotel con Alvarito. Tradición y superstición. El torero no participa en el sorteo: conocerá a sus adversarios cuando salten a la arena.
¿Qué puede hacer un novillero en un hotel de polígono industrial un viernes por la tarde? Cavilar, intentar domar los fantasmas negros que desfilan en su cabeza, dudar, sencillamente: ¡pasar miedo! Esperar todo un día sin distracción posible, es la prueba más dura que tienen que pasar los toreros. Lo tengo claro: la próxima vez me quedo con Emilio en el hotel para compartir estos momentos, esta angustia.

A nuestra vuelta, Emilio está sentado sólo en una mesa de la sala del restaurante con el periódico deportivo delante de él. Lo habrá leído tres veces por lo menos. Enseguida el maestro Campuzano se sienta a su lado. « Cómplices » es el titular del Superdeporte; bonita foto de circunstancia.
« ¿Cómo es la novillada, Maestro? — Muy bonita, Emilio, muy bonita… »
Suena a respuesta estereotipada. Acude a la mesa el resto de la cuadrilla que asistió al sorteo. Todo el mundo está de acuerdo: « Muy bonita. » Bien hecha y muy bonita. Un poco alta, es verdad — el nº 52 es especialmente cuajado para una plaza de tercera categoría —, pero muy bonita. Tomás Campuzano no para de repasar sus notas sobre el reconocimiento, tan minúsculas que caben en un confeti. Mientras el picador y el mozo de espada simulan la cornamenta de cada res con sus dedos, Emilio se rasca inconscientemente la cabeza al nivel de la coleta; sus manos se cierran, se abren, sus dedos se cruzan. Una tensión se instala lentamente, apenas rota por las bromas y las risas del resto de la cuadrilla.
« Vamos a comer, Flo. Te sientas con nosotros. »
Juan Luis sabe romper estos momentos de tensión con el calor y la firmeza que caracteriza a los Manchegos. Me deja tomar la distancia que necesito para hacer mi trabajo y sabe engancharme otra vez al grupo. Nado en la felicidad. Estoy en el extremo de la mesa, presidiéndola, con toda una cuadrilla y un torero delante de mí. Noto que Emilio está tenso y evita cruzar mi mirada y la de la cámara. Me divierto acercando el visor para ver como su mirada cambia al hacerlo y como la conversación que tiene con su compañero pierde naturalidad.
« Señores, es la hora de la siesta. »
Juan Luis acaba de cambiar el tercio. Todo el mundo sube a las habitaciones. Los picadores son las personas más motivadas para realizar este tipo de ejercicio porque, en un santiamén, han bajado las persianas. Para los demás, y para Emilio en particular, comienza una nueva espera. Son las 14h30 y la corrida empieza a las 17h30; tres largas horas sin siesta, tres largas horas donde el reposo es fingido.
El respeto hacia el torero impone que le dejemos tranquilo en su habitación. Pero rápidamente la habitación se transforma en un va y viene de toda la cuadrilla a la expresa demanda de Emilio. Me cuelo en ella, me hago muy pequeño dentro de esta habitación de doce metros cuadrados donde… llegaremos a ser seis. Unos acostados en la cama, otros sobre una manta en el suelo, y el menos afortunado, sentado en un rinconcito de la cama. Se comenta, se habla, se bromea — por supuesto, el toro está omnipresente en las conversaciones. Emilio habla muy poco pero quiere que se le hable. Una vez más parece dudar, tener miedo, invadido por estos demonios negros de carne y hueso que saldrán dentro de poco al ruedo algemesinense. Afrontar fantasmas es más complicado que afrontar a todos los Prieto de la Cal, Yonnet y Escolar juntos.

« ¡José, ven! José! José!
— ¿Qué pasa Emilio?
— ¡Ven! »
La solución a las angustias de Emilio se llama José Otero. José da todo su sentido a la palabra banderillero de confianza. Él es para Emilio como el ventolín para los asmáticos: una bocanada de oxígeno. José sabe leer los miedos y las dudas que atormentan al novillero. Lo tranquiliza, lo motiva, le dice que todo va a salir bien, que todo el mundo está a tope y que hay que salir con ganas de comerse el toro y triunfar. Emilio no dice nada. Escucha con la mirada perdida — yo también escucho a través del visor de mi cámara. Me siento un poco voyeur, el testigo de un momento especial. Nadie me presta atención, mientras que yo no me pierdo un ápice de sus gestos.
En la habitación contigua, los picadores se despiertan. Fuera, Alvarito acaba de cepillar y doblar los capotes y las muletas. De repente la gente revienta: hablan fuerte, cantan en la ducha, se ríen, bromean, y se alborotan.
« Esta presión ha de salir por algún sitio. Son muchas horas. Encima la hora de la corrida se acerca y les gusta esto. Les encanta esto. »
Juan Luis acaba de poner todo en su sitio. En realidad, les gusta esto: el toro. Las dudas y el miedo solo son un pasaje obligado hacia la excitación sublime que representa el combate de un toro. Es la hora de vestirse para el novillero y su cuadrilla; es el momento que yo esperaba con ansia.

Juan Luis llama a la puerta del cuarto de baño. Como si de un mensaje codificado se tratara, el silencio se hace de inmediato. Uno de estos silencios palpables y pesados donde cada palabra pronunciada debe de ser estrictamente necesaria. Emilio sale del cuarto totalmente desnudo. Su rostro es serio y su mirada parece perdida; la angustia deja sitio a la concentración extrema. Estoy impactado por este momento de una fuerza increíble. Emilio se transforma en torero. No me ve, su mirada se pierde y me traspasa. Juan Luis le tiende su montera y Emilio se la pega al rostro para rezar antes de ponérsela y colocar su coleta. Todos los gestos en el momento del vestir se realizan perfecta y lentamente, sin brusquedad. Las medias, la taleguilla, las manoletinas, la camisa, el fajín… Emilio no dice nada, mira a lo lejos o echa un vistazo a las imágenes santas que Juan Luis instaló, en un orden preestablecido, encima de la cama. Emilio besa fuertemente la medalla que le enseña Juan Luis y que colocará en su corbatín antes de adentrarse, como bien puede, en su chaquetilla. Ya está listo. Juan Luis desaparece discretamente. Emilio se planta delante de las imágenes religiosas, se santigua y las besa una a una. Estoy sólo con él, pero una fuerza invisible me empujar a salir de la habitación — algo me dice que este momento está reservado para el torero. Fuera, la cuadrilla está lista y espera silenciosamente en el pasillo. ¡Un cigarro, rápido!
Por fin Emilio sale, abraza uno a uno a los miembros de su cuadrilla y todo el mundo se desea buena suerte.
« ¡Vamos! Flo, sube a la furgoneta. »
Como un miembro de la cuadrilla, me instalo como puedo en el vehículo que nos lleva a la plaza. Son las 16h50.
La furgoneta se para a unos dos cientos metros de la plaza y el camino que queda se recorre en medio de las ruidosas peñas — curioso contraste. Emilio vuelve a descubrir esta plaza tan peculiar donde se coronó triunfador el año anterior. Mientras se reúne con su apoderado antes del paseíllo, aprovecho el momento para buscar mi sitio en los tendidos.

Víctor Barrio mata su primer novillo de Guadaira y le toca el turno a Emilio. Después de recibir a su oponente y de encontrarse con el picador, Emilio está en el quite. Pero en un intento de pasarse el novillo por la espalda, éste le coge. El novillo lo proyecta en el aire y Emilio cae violentamente sobre su hombro. Tengo la sensación de que este día se va a acabar ahora mismo y de que el sueño de triunfar se ha desvanecido con el primer novillo. Emilio se levanta con evidentes signos de dolor y se refugia en el burladero ayudado por su banderillero.
En un gesto de rabia, Emilio recoge su capote y se dirige hacia el centro del ruedo para acabar su quite con chicuelinas ajustadas. El público exulta y se entrega al torero. Es el principio de una lidia soñada: dos orejas y el rabo — una recompensa probablemente generosa. Qué más da, Emilio acaba de abrirse las puertas de la final del ciclo de novilladas. Le cortará otra oreja a su novillo de Guadaira. La salida se hace a hombros de Juan Luis. La cara de Emilio refleja una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando toca tierra de nuevo, a unos cien metros de la furgoneta, se refugia con seriedad en el vehículo donde firma autógrafos a los niños que se acercan a felicitarle. Ninguna euforia. Durante su regreso al hotel mira desfilar el paisaje sin prestarle realmente atención. La cuadrilla vuelve a las habitaciones para ducharse. Una nueva espera comienza: espera durante la cual Emilio sabrá si el jurado lo declara finalista. Tomás Campuzano, que no ha dejado el teléfono hasta la llamada aliviadora, anunciará tranquilamente, sin exclamación alguna, la buena noticia a Emilio. Éste, ya vestido, muestra su enésima transformación: su cara ha cambiado; está más relajado, casi liberado. Me mira por primera vez al retratarle. « Seguro que es la primera foto que me haces en la que estoy sonriendo. »

Alvarito vuelve a cargar la furgoneta mientras que el resto de la cuadrilla se toma una caña. Juan Luis se me acerca: 
« Nos vamos en veinte minutos, ¿te vienes con nosotros a Arnedo? Mañana, Emilio mata la novillada de Prieto de la Cal. — No puedo Juan Luis, no me queda batería. »
Creo que ha sido la excusa más mala que he dicho en toda mi vida.
« Entonces nos vemos de nuevo el domingo, si Dios quiere… »

Fotografías Algemesí, 2011 
© Florent Lucas

25 janvier 2012

« Si Dios quiere »


Bip-bip, un nouveau message : « Estimado caballero. Nos vemos el 30 de septiembre en Algemesí a las 10.30 en el hotel del polígono industrial. Saludos cordiales, Juan Luis. »
Enfin le sésame ! Un mois venait de s'écouler de tentatives vaines à contacter le novillero Emilio Huertas et son entourage afin de le suivre pendant la journée de sa novillada à Algemesí. Il me restait à peine une semaine avant le grand jour. Depuis septembre 2010 je m'étais promis de retourner à Algemesí pour profiter de son cycle de novilladas, de ses peñas et de ses arènes carrées faites de bois et de cordes dressées au milieu du village. J'y avais découvert Emilio qui avait triomphé en 2010. Pourquoi ne pas lui proposer de le suivre, l'appareil photo au poing, le jour de son retour ? Après tout, passer un moment avec un novillero qui affronte les Escolar, Yonnet et Prieto de la Cal ne pouvait être qu'une expérience enrichissante pour un aficionado photographe.
À 10 heures le 30 septembre, j'étais devant un hôtel de zone industrielle. Fin prêt, les batteries chargées, le matériel bien rangé dans le sac, des conseils de photographes bien enregistrés et quelques idées sur mes prises de vue. Par contre, je n'étais pas du tout préparé à vivre une expérience humaine extraordinaire…
38 minutes, 2 cafés et 3 cigarettes plus tard, la fourgonnette de la cuadrilla s'arrête devant l'hôtel. J'avais perdu pas mal de mes moyens et au salut chaleureux de Juan Luis, le valet d'épée, de l'apoderado Tomás Campuzano, d'Emilio et de son picador, je crois que je ne pus marmonner qu'un glacial : « Hola, soy Flo. »
« Viens Flo, on va prendre un café ». Parfait, comme ça ce sera le troisième.
À demi-voix et un peu à l'écart j'explique à Juan-Luis que je ne suis ni journaliste ni photographe professionnel, et que le reportage que je souhaite faire ne sortira dans aucun magazine. C'est juste un projet personnel ; je veux simplement passer la journée avec eux, me faire tout petit, ne pas les gêner, prendre quelques photos d'Emilio lors de son habillage et c'est tout. La réponse de Juan Luis est sans appel : « Monte dans la fourgonnette, on va au sorteo. Dépêchons-nous sinon on va arriver en retard. »
Je respire…
Emilio est resté à l'hôtel avec Alvarito. Tradition et superstition. Le torero n'assiste pas à son sorteo ; il découvrira les novillos lors de leur entrée en piste. Que peut bien faire un novillero dans un hôtel de zone industrielle un vendredi après-midi ? Gamberger, essayer de dompter les ombres noires qui défilent dans sa tête, douter, avoir peur tout simplement. Attendre toute une journée sans distraction possible est l'épreuve la plus dure à laquelle doivent être soumis les toreros. C'est décidé : la prochaine fois je reste avec Emilio à l'hôtel pour partager ce moment, cette angoisse.

À notre retour, Emilio est assis seul à une table de la salle de restaurant avec le journal sportif local refermé. Il a dû le lire trois fois. Aussitôt le maestro Campuzano s'assied à ses côtés. « Complices » est le gros titre de ce Superdeporte ; ça fait une jolie photo de circonstance.
« Comment est la novillada, Maestro ? — Muy bonita, Emilio, muy bonita… »
Ça sonne comme une réponse stéréotypée. Vient se joindre à la table le reste de la cuadrilla qui a participé au sorteo. Tout le monde est d'accord : « Muy bonita. » Bien faite et très jolie. Un peu haute il est vrai — le n° 52 est particulièrement costaud pour une place de 3e catégorie — mais « muy bonita ». Tomás Campuzano n'en finit pas de réviser ses notes sur la novillada qui, pourtant, tiennent sur un confetti. Pendant que le picador et le valet d'épée miment avec les doigts l'encornure de chaque bête, Emilio se gratte machinalement la tête à l'endroit de la coleta ; ses mains se ferment, s'ouvrent, ses doigts se croisent. Une tension s'installe petit à petit, légèrement rompue par les blagues et les rires du reste de la cuadrilla.
« On va manger, Flo. Tu t'assieds avec nous. »
Juan Luis sait rompre ces moments de tension avec la chaleur et la fermeté qui caractérisent les Manchegos. Il me laisse parfaitement prendre la distance dont j'ai besoin pour faire mon travail et sait me rattraper pour me rapprocher du groupe. Le bonheur. Je suis au bout d'une table que je préside avec toute une cuadrilla et son torero devant moi. Je remarque qu'Emilio reste tendu et évite de croiser mon regard et celui de l'appareil photo. Je m'amuse même à rapprocher mon œil du viseur pour remarquer comment son regard change et la conversation avec son voisin de table perd de son naturel.
« Messieurs, c'est l'heure de la sieste. »
Juan Luis vient de marquer un nouveau tercio dans cette journée. Tout le monde monte vers les chambres. Les picadors semblent être les personnages à avoir le plus d'entrain pour ce genre d'exercice car, en moins de deux, les volets sont tirés. Pour les autres, pour Emilio en particulier, c'est une autre attente qui vient de démarrer. Il est 14 h 30 et la corrida débute à 17 h 30 ; trois longues heures sans sieste, trois longues heures où le repos est feint.
Le respect envers le torero impose qu'on le laisse tranquille dans sa chambre, mais rapidement cette chambre n'est qu'un va et vient de tous les membres de la cuadrilla à la demande expresse d'Emilio. Je me faufile, je me fais tout petit dans cette pièce de 12 mètres carrés où… nous serons bientôt six ! Les uns allongés sur le lit, d'autres sur une couverture par terre ou, pour le moins chanceux, assis sur un petit coin de lit. On commente, on raconte et on blague — bien sûr, le toro demeure omniprésent dans ces conversations. Emilio parle très peu mais veut qu'on lui parle. Une nouvelle fois il semble en proie au doute, à la peur, envahit par ces démons noirs qui débouleront bientôt en chair et en os sur le sable d'Algemesí. Affronter des fantômes paraît encore plus dur que tous les Prieto de la Cal, Yonnet et Escolar réunis.

« José, viens ! José ! José !
— Qu'est-ce qui se passe ?
— Viens ! »
Le remède aux angoisses d'Emilio s'appelle José Otero. Celui-ci donne tout son sens au terme banderillero de confianza. Il est pour Emilio ce que la ventoline est à l'asthmatique : une bouffée d'oxygène. José sait lire les peurs et les doutes qui traversent le novillero. Il le rassure, l'encourage, lui dit que tout va bien se passer, que tout le monde est « à bloc » et qu'il faut sortir avec l'envie de bouffer du toro et triompher. Emilio ne dira plus rien. Il écoute le regard dans le vague — moi aussi j'écoute à travers le viseur. Je suis, presque voyeur, le témoin d'un moment particulier. Personne ne prête attention à moi, alors que je ne perds pas une miette de leurs faits et gestes.
Dans la chambre d'à côté, les picadors se sont réveillés. Dehors, Alvarito termine de brosser et plier capes et muletas. Cette soudaine activité marque le démarrage d'un pétage de plomb général. Ça gueule et ça chante dans la douche ; ça rigole ; ça chambre ; ça parle fort et ça remue.
« Il faut que la pression sorte. Ce sont beaucoup d'heures d'attente. En plus l'heure de la corrida approche et ils aiment ça. Ils aiment vraiment ça. »
Juan Luis vient de me « recadrer ». En vérité, ils aiment ça : le toro. Le doute et la peur ne constituent qu'un passage obligé vers cette excitation ultime que représente le fait d'aller combattre un toro.
Il est l'heure de l'habillage pour le novillero et sa cuadrilla ; c'est le moment que j'attendais avec impatience.

Juan Luis frappe à la porte de la salle de bain. Comme s'il s'agissait d'un message codé, le silence se fait immédiatement. Un de ces silences palpables et lourds où chaque parole prononcée doit être strictement nécessaire. Emilio sort de la salle de bain nu comme un ver. Son visage est grave et son regard semble perdu ; l'angoisse a laissé sa place à l'extrême concentration. Je suis impressionné par cet instant d'une force incroyable. Emilio se transforme en torero. Il ne me voit pas, son regard se perd et me transperce. Juan Luis lui tend sa montera qu'il se plaque sur le visage pour une courte prière avant de s'en coiffer afin de poser la coleta. Tous les gestes de l'habillage se réalisent parfaitement, lentement et sans brusquerie. Las medias, la taleguilla, las manoletinas, la camisa, el fajin Emilio ne dit rien, regarde au loin ou jette des regards aux images saintes que Juan Luis a installées dans un ordre préétabli sur le lit. Emilio embrasse fortement la médaille que lui tend Juan Luis et qu'il portera sur son corbatin, et se glisse comme il peut dans la chaquetilla. Il est fin prêt. Juan Luis s'éclipse alors discrètement. Emilio se fige devant les images pieuses, se signe puis les embrasse une à une. Je suis seul avec lui mais une force invisible me pousse à quitter la pièce — quelque chose me dit que ce moment est réservé au torero. Dehors, la cuadrilla fin prête attend en silence dans le couloir. Une clope, vite !
Emilio sort enfin, salue les membres de la cuadrilla un à un et tout le monde se souhaite bonne chance.
« ¡Vamos! Flo, monte dans la fourgonnette. »
Comme un membre de la cuadrilla, je suis prié de m'installer comme je peux dans la fourgonnette qui nous mène aux arènes. Il est 16 h 50.
La fourgonnette stoppe à environ deux cents mètres des arènes et le chemin qui reste se fait au milieu du tumulte des peñascurieux contraste. Emilio redécouvre ces arènes si particulières où il triompha l'an passé. Tandis que son apoderado le rejoint juste avant le paseíllo, je m'éclipse pour prendre place sur les tendidos.

Víctor Barrio tue son premier novillo de Guadaira et vient le tour d'Emilio. Après la réception de son novillo et la pique, Emilio est au quite. Mais sur une tentative de quite por la espalda, il est pris. Le novillo le projette en l'air et Emilio retombe lourdement sur l'épaule avant d'être repris au sol. J'ai la sensation que cette journée va se terminer maintenant et que le rêve de triomphe s'évanouit là, dès le premier novillo. Emilio se relève avec d'évidents signes de douleurs et regagne le burladero. Dans un geste de colère Emilio reprend sa cape en se dirigeant vers le centre pour terminer son quite par des chicuelinas très ajustées. Le public exulte. C'est le début d'une faena qu'il avait rêvée : deux oreilles et la queue — récompense certainement généreuse. Qu'importe, Emilio vient probablement de s'ouvrir les portes de la finale du cycle de novilladas. Au deuxième novillo de Guadaira il coupera une oreille supplémentaire. La sortie a hombros se fait sur les épaules de Juan Luis, le visage d'Emilio barré d'un large sourire. Lorsqu'il « revient sur terre » à une centaine de mètres de la fourgonnette, c'est l'air sérieux qu'il s'engouffre dans le véhicule, d'où il signe les quelques autographes des enfants venus le féliciter. Aucune euphorie. Lors du retour à l'hôtel il regarde le paysage défiler, sans réellement y prêter attention. La cuadrilla remonte dans les chambres pour se doucher. Une nouvelle attente commence ; attente au terme de laquelle Emilio saura si le jury le déclare finaliste. Tomás Campuzano, qui n'a pas lâché le téléphone jusqu'à l'appel libérateur, annoncera tranquillement, sans aucune exclamation, la bonne nouvelle à Emilio. Celui-ci, déjà rhabillé, a opéré une énième transformation : le visage a changé ; il est plus relâché, presque soulagé. « Je te parie que c'est la première photo que tu fais de moi où je te regarde en souriant. »

Alvarito recharge la fourgonnette pendant que le reste de la cuadrilla s'accorde une bière, Juan Luis s'approche de moi : « On part dans vingt minutes, tu viens avec nous à Arnedo ? Demain, Emilio affronte les Prieto de la Cal pour le Zapato de Oro. — Je ne peux pas, Juan Luis, je n'ai plus de batteries. »
Je ne crois pas avoir trouvé une excuse aussi pourrie de toute ma vie.
« Alors on se voit dimanche, si Dios quiere… »

Florent Lucas

>>> Un album consacré à cette journée est visible sur la page Flickr de Florent.